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Prensa Nacional C.T.M. El arte narrativo y el inconsciente
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El arte narrativo y el inconsciente

El psicoanalista italiano hace un paralelismo entre Borges y Homero, pero postula que su inspiración está más cerca de Freud que de las Musas

SALTA (Redacción) - Nosotros creemos inventar cuentos. La regla es, por el contrario, que los cuentos nos inventan a nosotros: que dan forma a nuestra personalidad, a nuestra vida. El relato de la vida, en efecto, es más importante que la vida. La vida es contingente, el relato es absoluto. La vida es mortal, la narración es eterna.

Sobre esto estaban de acuerdo los mayores autores de la Antigüedad, Homero, y un equivalente en la modernidad, Borges. Según Homero, los dioses buscaron la destrucción de Troya para que fuese contada: la Ilíada, historia de aquella destrucción, era más importante que Troya, la ciudad real. En cuanto a Borges, él ha inventado el relato total moderno. Que no es tan distinto del antiguo: como aquél, es atemporal. Los contenidos de los escritos de Borges a menudo no están ligados a una época. Pero también su continente –el tipo de narración– puede no tener tiempo. Esto le ha costado que lo acusen de no estar comprometido, de ser indiferente a los sufrimientos de su período histórico y de su tierra, la Argentina de la dictadura militar. Aun sin un compromiso político directo, Borges condujo una vida comprometida: siguió siempre con coherencia su camino, dando prioridad absoluta a la investigación literaria. Incluso muchos adversarios reconocen que esta elección, no ligada a los tiempos, le costó el Nobel que habría merecido más que nadie en América Latina.

Aun cuando el relato borgeano describe personajes históricos, esto no implica que se pretenda hablar de una época. Su materia preexiste a la distinción entre etapas históricas: no es su producto, sino más bien un modelo, un arquetipo. Significativamente, una de las primeras obras importantes de Borges es Historia de la eternidad (1936). Ir a la biblioteca no le servía a Borges para procurarse un tiempo y un espacio, sino más bien lo contrario: para salir de aquellos límites, para estar libre, perdiéndose espacial y temporalmente. En una de las últimas entrevistas dijo que no temía para nada a la muerte: sabía demasiado bien qué es el abandono de todo. Esta condición no era sólo un sentimiento subjetivo, sino algo que nos trasmite con sus escritos, donde los lugares y las épocas pueden ser poco identificables o estar directamente ausentes.

No nos asombra, por tanto, encontrar en nuestras manos una rica colección de sueños, que es suya en un doble sentido: Borges la extrajo de textos clásicos, religiosos y laicos, y añadió sueños personales. Estas narraciones que nos hacemos en el sueño, son de hecho el prototipo de relato en que tiempos y lugares se entreveran siguiendo leyes misteriosas. En el sueño el tiempo no tiene una estructura lineal, como en la vigilia. Se reagrupa en torno a un centro emocional, placentero o doloroso, del cual irradian diversos episodios. Al despertar a menudo no recordamos con seguridad cuál es el primero, aunque percibimos que todos nacen de un núcleo de significado. No logramos recordar en qué lugar ocurría, pero sí que tenía algo de una casa que conocemos: a lo mejor aquella en la que hemos nacido, aunque quizás se asemeje en algo a los pabellones donde hicimos el servicio militar.

Borges era un escritor absoluto también en otro sentido: sobresalía en distintos géneros literarios. Y, sin embargo, no escribió novelas, el género con el que identificamos a los autores significativos. La novela requiere de un lector, un editor, una realidad humana en el trasfondo. Mucho antes que la narrativa latinoamericana inventase el realismo mágico, Borges transformó en página escrita la magia real, que habita todos los siglos y todos los continentes: la novela es moderna, la narración borgeana está fuera del tiempo, un poco como el mito y la épica.

Homero y Borges estaban íntimamente unidos por un credo que no corresponde a una fe religiosa, pero que vuelve posibles las religiones: creían que la visión, la mirada interior, era más importante que la vista, la capacidad de ver lo externo. La simbología de la literatura universal concuerda con ellos al punto de presentarlos como dos escritores que no podían escribir: eran ciegos, pero tenían una capacidad visionaria absoluta. Hoy la falta de la vista es sobre todo una disminución. En la

Antigüedad, en cambio, acompañaba a menudo el don de la adivinación: saber distinguir las cosas distantes.

Aun hoy llamamos cuento a un conjunto de imágenes y hechos provisto de una estructura narrativa autónoma. Esto lo diferencia de otros géneros literarios. Una novela o un ensayo tienen una estructura porque se las da el autor. En cambio, el verdadero cuento nace provisto de una estructura interna y preexistente: no conocemos quién se la impuso. Esto es verdadero a punto tal de estar almacenados en el inconsciente colectivo del lenguaje. En las principales lenguas europeas “narración” es casi siempre equivalente a “cuento”, mientras que no ocurre lo mismo con los términos “narrativa” (como género literario) y “novela”. En inglés, tale (cuento) viene de tell (narrar), mientras que fiction (narrativa, pero etimológicamente ficción, invención) es algo muy distinto. A su vez, en alemán, Erzählug viene de erzählen, narrar; mientras que la novela es Roman y la narrativa es Belletristik (la intención, el esfuerzo de producir “bellas letras”).

Toda la historia de la literatura (incluyendo los tiempos en los que la escritura no existía) está signada por este dualismo. Por un lado, la obra de escritores que intencionalmente inventan una historia: el autor que la propone está bien definido, y esto se corresponde al protagonismo moderno. En 1925, Borges quería publicar una revista literaria compuesta por textos no firmados: pero ya entonces, declaró, la necesidad de mostrarse era tan fuerte que no se encontraron escritores disponibles. Por otro lado, están los textos que una entidad misteriosa –un dios, tal vez– consigna al escritor ya acabados. En ese caso, él se siente obligado a practicar la modestia, a presentarse sólo como una voz que pronuncia palabras de otro. Homero declara que no hablará él sino su Musa. Borges recurre a un esquema más moderno, casi psicoanalítico: el verdadero cuento no es creado por el yo, sino por el inconsciente. Su nacimiento corresponde por tanto al de un sueño. Probablemente la

despersonalización del autor deriva también de una necesidad de liberarse de una parte de la responsabilidad que los lectores le asignan. Así, la ficción del manuscrito descubierto por accidente ha sido practicada en cada época, por Cervantes, por Manzoni, por Eco: les ofrezco este trabajo que no es mío, observen que interesante descubrimiento.

La posibilidad de que una narración no haya sido construida, sino compuesta de forma milagrosa y ya acabada en la mente de quien luego la difunde tiene un poder de atracción irresistible. Existe en nosotros una disposición a recibir historias similares y a escucharlas arrebatados, aún más que si la hubiesen creado autores ya célebres. ¿Dónde se origina esta predisposición universal, este conocimiento que nadie nos ha enseñado? Al nacer el niño no posee una memoria personal. No “conoce” historias, pero ya desea nutrirse de cuentos: aunque nadie le ha enseñado qué son ni por qué, sirven para crecer. La conciencia se desarrolla lentamente después del nacimiento. El inconsciente, en cambio, existe desde el principio. Las técnicas modernas permiten verificar que el feto sueña. Dicho de otro modo, ya durante el embarazo la psiquis practica esa auto-narración que llamamos sueño.

Sobre este punto tenemos pocas dudas. La idea de que existan cuentos que llegan a la mente ya estructurados, ya narrados, es convincente porque corresponde a la primera experiencia psíquica de todo ser humano: el sueño. Ese tipo de narración que, según Borges, puede constituir “…el más antiguo, y no menos complicado, de los géneros literarios”: el primero tanto para el individuo como para la humanidad entera. Una complejidad que se relaciona con el relato, pero también con su autor, porque, como nos recuerda el Prólogo del Libro de sueños “el alma, cuando sueña, libre del cuerpo, es al mismo tiempo el teatro, el actor y el público… y también la autora de la historia a la que asiste”. La potencia de los sueños y su preexistencia a toda nuestra intención

consciente inspira tanta sugestión que a menudo los antiguos lo atribuían a la voz de un dios. La modernidad post-religiosa adopta un encantamiento opuesto, reduciéndolos a pequeñas manifestaciones del malestar corporal: “toda absurdidad –dijo Jung– es considerada científica con tal de que prometa transformar en físico lo psíquico”.

Como la parte universal de nuestra mente, el narrador universal Borges no debe ni cambiar de registro ni justificarse pasando de la publicación de cuentos a la de sueños. También en la curiosa práctica del mundo interior que llaman psicoanálisis, el sueño es a veces llamado “teatro interior”. Contrariamente a las divulgaciones, el uso más constructivo del que una psicoterapia puede valerse no es interpretar el sueño, sino reproducir sus diálogos durante las sesiones, como si estas fuesen un escenario. De hecho, lo que puede remover una vida bloqueada no es tanto su reformulación racional, sino la evocación del sentido testimoniado por las emociones con las que los sueños perforan la mente. En todo caso, contrariamente a otro lugar común, sólo raras veces el psicoanálisis cura a través de interpretaciones. A su vez, el psicoanálisis es una forma moderna y personal del cuento. James Hillman describió las psicologías de Freud y de Jung no como teorías, sino llamándolas “historias que curan”. A menudo, el proceso psicoanalítico puede restituir un sentido a la vida, reordenando la lenta evocación de su caos en un relato: siguiendo entonces un código que no es interpretativo sino narrativo.


Fuente: https://goo.gl/atGa49